The one before the last
(para Guille)
Los buzones transmiten el mismo cariño que los vasos de plástico unidos por una cuerda. Se puede meter en ellos una carta de amor con beso de postdata, un pastel de invierno con las mangas de abrigo o un astronauta que diga feliz cumpleaños, que como no haya nadie al otro lado, que como el cable cuelgue y el vaso repose contra el suelo, que como a la vuelta se encuentre el silencio, será el silencio el que termine ocupando la habitación, la cuerda y el correo.
Yo escribo y envío una postal de cuatrocientas palabras, cada lunes, desde hace cuatro años. Antes no me fiaba de los buzones y las entregaba en persona, en abrazo y caña y finales en el 73, pero me he ido haciendo mayor y un poco más vago y un poco más viajero y ahora utilizo esto del mail y dos puntos, paréntesis de cierre, cierra tú que yo me voy antes (y lo siento). Antes no me fiaba de los buzones y perdíamos ligas y perdíamos copas pero daba igual, porque soñábamos en el Alto del Rollo, veraneábamos en las Conchas y llorábamos en el Clavel (justo antes de ser completamente felices).
Y antes incluso de las cartas fueron ocurriendo casi todos los porqués que me llevan a la segunda del singular. Porque han pasado por ti mis tres novias y mis tres ciudades; por ti y por todos tus compañeros, pero por todos primero. Porque aquella vez que mi padre llamó a deshoras estaba contigo, y no con una mujer de la vida, porque me enseñaste a jugar al conejito de la suerte y a perder adivinando canciones, por esa boca que sólo tú y yo sabemos, a pesar de las leyendas. Por el pelo corto, la lengua larga, la música alta, las fotografías y todo lo que termina en “que”. Como ya te dije, por abrirnos tu cabina de capitán sonoro, tu casa con gato, tu corazón solista y la caja de las cosas bonitas. Antes, y durante, fueron llegando todas las razones por las que tenía ganas de escribirte un náufrago, particular y en columna. Por todas aquellas, y más, por las que antes no me fiaba de los buzones, y ahora tú y nuestro ángel de la guarda particular habéis terminado por hacerme fan incondicional del correo que va y que viene (ok, gracias, mj).
Ahora además ganamos más ligas y escribimos nuestros nombres en ciudades ajenas y nos movemos en cuatro ruedas y la esperanza es lo último que se pierde.
Y mañana, y mañana es cuando quieras, volveremos a la ciudad amarilla como vuelven los niños a la caja donde guardan los juguetes. Pero eso será mañana, hoy nos queda esta columna de despedida, en la que quería hablar de ti y al final termino con nosotros. Será que no me duele tanto que termines y hagas la maleta, será que no me da ninguna pena que te acerques. Será que tienes algo especial, sí, tú, despistado beatle del otro lado de la mesa, el único hombre al que le he pedido que se quede a desayunar...
Yo escribo y envío una postal de cuatrocientas palabras, cada lunes, desde hace cuatro años. Antes no me fiaba de los buzones y las entregaba en persona, en abrazo y caña y finales en el 73, pero me he ido haciendo mayor y un poco más vago y un poco más viajero y ahora utilizo esto del mail y dos puntos, paréntesis de cierre, cierra tú que yo me voy antes (y lo siento). Antes no me fiaba de los buzones y perdíamos ligas y perdíamos copas pero daba igual, porque soñábamos en el Alto del Rollo, veraneábamos en las Conchas y llorábamos en el Clavel (justo antes de ser completamente felices).
Y antes incluso de las cartas fueron ocurriendo casi todos los porqués que me llevan a la segunda del singular. Porque han pasado por ti mis tres novias y mis tres ciudades; por ti y por todos tus compañeros, pero por todos primero. Porque aquella vez que mi padre llamó a deshoras estaba contigo, y no con una mujer de la vida, porque me enseñaste a jugar al conejito de la suerte y a perder adivinando canciones, por esa boca que sólo tú y yo sabemos, a pesar de las leyendas. Por el pelo corto, la lengua larga, la música alta, las fotografías y todo lo que termina en “que”. Como ya te dije, por abrirnos tu cabina de capitán sonoro, tu casa con gato, tu corazón solista y la caja de las cosas bonitas. Antes, y durante, fueron llegando todas las razones por las que tenía ganas de escribirte un náufrago, particular y en columna. Por todas aquellas, y más, por las que antes no me fiaba de los buzones, y ahora tú y nuestro ángel de la guarda particular habéis terminado por hacerme fan incondicional del correo que va y que viene (ok, gracias, mj).
Ahora además ganamos más ligas y escribimos nuestros nombres en ciudades ajenas y nos movemos en cuatro ruedas y la esperanza es lo último que se pierde.
Y mañana, y mañana es cuando quieras, volveremos a la ciudad amarilla como vuelven los niños a la caja donde guardan los juguetes. Pero eso será mañana, hoy nos queda esta columna de despedida, en la que quería hablar de ti y al final termino con nosotros. Será que no me duele tanto que termines y hagas la maleta, será que no me da ninguna pena que te acerques. Será que tienes algo especial, sí, tú, despistado beatle del otro lado de la mesa, el único hombre al que le he pedido que se quede a desayunar...
Escrito por el_hombre_que a las 23:51
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